¡SOLTAR LAS AMARRAS AL PUEBLO!

POR REDACCION

Partiendo de la tesis de que la Revolución mexicana, sus caudillos e ideólogos principales, en la
medida en que lo fueron, jamás se propusieron otra cosa que barrer enérgicamente con los vestigios
feudales que trababan el desarrollo del capitalismo, sobre todo en el campo, y garantizar las
condiciones de todo tipo para el quehacer y la prosperidad económicas de una burguesía nacional


emergente; esto es, partiendo de la idea de que la Revolución Mexicana triunfante jamás se propuso
otra cosa que instaurar en el país un capitalismo pleno, hay que interpretar el punto de vista de
quienes sostienen la tesis de la desviación, del “abandono del camino original” como la fuente y la
causa fundamental de nuestras dificultades actuales, en el sentido de que, de no haber ocurrido tales
desviaciones, hoy disfrutaríamos de un capitalismo eficiente, esto es, de un capitalismo capaz de
generar, en la cantidad y calidad suficientes, todos los satisfactores materiales y espirituales que
está demandando la sociedad mexicana, y capaz, también, de distribuirlos de manera
aceptablemente equitativa.


Tal punto de vista, como es fácil entender, no cuestiona la parte esencial del sistema, su
carácter capitalista, sino, justamente, su falta de integridad, esto es, el no haber sabido ser un
sistema suficiente y completamente capitalista. La “claudicación” y el “abandono” de que se
habla, pues, serían la claudicación y el abandono de una senda consecuentemente capitalista.


Los partidarios de este enfoque explican las “desviaciones” y “traiciones” a los principios y
metas originales de la revolución por la falta de visión, honradez, patriotismo y audacia de que
dio muestras el grupo en el poder, desde el fin del periodo presidencial del General Lázaro
Cárdenas; y no faltan quienes culpan al mismo Cárdenas de ser el iniciador de este proceso, con
su designación en favor del General Manuel Ávila Camacho para presidente de la República.


Otros, más prácticos quizás, sitúan el punto de vista más cerca, en el sexenio del Lic. Luis
Echeverría Álvarez.


Consecuentes con este enfoque del problema, reducen la tarea del ahora al simple relevo de
hombres en el poder: si la causa de nuestros males radica en que nos gobiernan hombres
antipatriotas, deshonestos, desleales y prevaricadores, el remedio está en desplazarlos y colocar en
su lugar a otros que no lo sean, a hombres que, por sus virtudes, sean capaces de llevarnos a
reencontrar el rumbo hace tiempo abandonado, para continuar por el camino de una Revolución en
perpetuo ascenso.


Aceptar esta explicación del problema es, a todas luces, aceptar una visión subjetivista,
impotente, de la historia. Ésta tendría como explicación última la voluntad arbitraria, el
capricho o la maldad de los hombres, sin que podamos nunca saber de dónde proceden, cuál es
el origen de esos caprichos y maldad y sin que podamos, por tanto, hacer nunca nada para poner
remedio a la situación.
Esta visión olvida, intencionalmente quizás, que la experiencia histórica enseña que aun las
tareas mismas del capitalismo sólo pueden realizarlas plenamente, y llevarlas hasta sus últimas

consecuencias, la energía y la participación consciente, activa y convencida de las grandes
masas populares. De aquí se desprende fácilmente que el pecado capital del sistema surgido de
la Revolución Mexicana, el que explica, incluso, que haya sido posible que se pusieran al timón
de la misma hombres dispuestos a traicionarla, radicó en su política de corporativización,


manipulación y sometimiento de las grandes masas populares, de las grandes masas de obreros
y campesinos a los intereses y designios del gobierno. O, dicho de otro modo, en la cancelación
drástica de su participación libre, activa y consciente.


Naturalmente que esto tampoco ocurrió por el simple capricho del grupo en el poder. La
corporativización y sometimiento de las masas trabajadoras mexicanas, casi desde el inicio
mismo de los regímenes revolucionarios, obedeció a una férrea necesidad de controlarlas


absolutamente, impuesta tanto por el carácter capitalista del proceso que se iniciaba como por la
delicada coyuntura mundial de aquel momento; es decir, que los hombres en el poder no
habrían podido hacer otra cosa aunque así lo hubieran deseado. De donde se desprende, como lo
he sostenido en otra ocasión, que la actual situación que vive el país no puede visualizarse como
un accidente o como el fruto de un plan maquiavélico del grupo en el poder para “traicionar los
postulados originales de la revolución”, sino sólo como la consecuencia necesaria del carácter
capitalista del proceso y de las circunstancias históricas en que éste surgió y se ha venido
desarrollando.


El capitalismo mexicano ha devenido en un capitalismo débil, ineficiente y en crisis porque
es un capitalismo que se ha venido construyendo sin la acción consciente y libre de las masas,
sin su impulso consecuentemente revolucionario. Los hombres en el poder han rehuido al
control, la vigilancia y la presión de las masas, recluyéndolas desde el principio en
organizaciones-cárcel y corporativizándolas a través del partido oficial.
De aquí se desprende también, entonces, que no es verdad que la tarea política del momento


consista esencialmente en dar la batalla para desalojar a los “corruptos y prevaricadores” del
poder y sentar en su lugar a los autodeclarados “patriotas, honestos, leales y revolucionarios”.
Estamos completamente seguros de que, sin una real liberación de las masas de su cárcel
organizativa, sin una participación activa y consciente de las mismas en la reconstrucción del
país, las cosas seguirán igual o peor que ahora, quien quiera que sea el grupo o persona que
ocupe el poder.
Por tanto, la tarea central del momento consiste en liberar a las masas de sus tradicionales
cadenas organizativas, en conquistar para ellas el derecho a organizarse en forma absolutamente


libre e independiente del gobierno, y en concientizarlas y prepararlas para su participación
activa y revolucionaria en la solución de los grandes problemas nacionales.
Y es tan cierto esto que el mismo sistema tiene, desde mi punto de vista, en la liberación, la
organización y la participación consciente de las masas en las grandes cuestiones nacionales, la
única y última opción verdadera para reconquistar la confianza del pueblo, para derrotar legalmente


a sus enemigos y para evitar la colisión de las clases, que de otra manera se avisora inevitable.

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