PERO, ¿HAY LECTURAS PARA EL PURO PLACER?

POR VIRGILIO FLORES

No hace tanto que las declaraciones de un alto funcionario de la Secretaría de Educación
Pública (SEP) de nombre Marx Arriaga, encargado de revisar y editar los libros de texto gratuitos,
provocaron revuelo y airadas protestas de varios y respetados profesionales de la pluma.

Sucede
que Arriaga, hablando de la necesidad de una educación revolucionaria para los niños, sostuvo que
leer por puro placer es una simple manifestación de “consumismo”.
Quienes objetaron esa afirmación, defendían esa lectura como inofensiva y como un derecho
inalienable de las personas; incluso como una necesidad para todo el que quiera adquirir una
cultura o mejorar la que ya posee. Hubo quien publicó un recuento bastante completo de las
muchas lecturas “placenteras” de Marx, a cuya autoridad teórica se acoge Arriaga, como lo
manifiestan las oportunas citas de sus autores favoritos repartidas en todas sus obras. En síntesis,


las contrarréplicas (al menos las que yo pude leer) aceptaban, expresa o tácitamente, la existencia
de un tipo de literatura cuyo propósito exclusivo es procurar placer al lector. La polémica se
sintetizó en la siguiente disyuntiva: ¿hace bien o mal leer solo por placer?
En mi modo de ver, se trata de una falsa disyuntiva, porque hace falta demostrar, primero, la
existencia de este tipo de obras: ligeras, carentes de todo contenido profundo, fáciles de entender
sin esfuerzo. Y esto sin mencionar todavía que la afirmación de Arriaga es todavía más
inconsistente, que entraña serios peligros para la formación de la juventud mexicana y para el
fomento a la cultura. Creo, además que entraña un ataque implícito a los fundamentos filosófico-


políticos del modelo socioeconómico vigente, lo que debe calificarse como una peligrosa
extralimitación de funciones de un alto funcionario con capacidad ejecutiva y cuyas
responsabilidades están legalmente acotadas.
Comienzo por lo primero. Es un error evidente, o violencia innecesaria al recto sentido del
concepto, llamar “consumismo” a la lectura de obras de creación (en concreto poesía, drama,
cuento y novela) que, por razones muy suyas, disgustan o repugnan al señor Arriaga. En la jerga
económica al uso, consumismo es la adquisición de cualquier tipo de bienes o satisfactores en
cantidad y variedad excesivas, es decir, que rebasan sobradamente la necesidad real de la persona
que los adquiere. Dicho de otro modo: consumismo es gastar sin freno y sin justificación racional, y
consumir en demasía todo lo que puede adquirirse en el mercado o lo que el ingreso personal
permita.


En nuestro caso, el “consumismo” solo puede significar comprar libros sin tasa ni medida, por
el puro gusto de acumular, a sabiendas de que jamás se podrán leer (aquí se antoja preguntar:
¿habrá gente capaz de semejante locura?). El consumismo, pues, en materia de libros, significa


exactamente lo contrario de lo que denuncia y condena Arriaga: no el exceso sino la falta de lectura
de los libros adquiridos. Más aún, ¿hay un límite preciso para la lectura de libros de cualquier
naturaleza, más allá del cual se justifica hablar de exceso de consumo? ¿Cuál es ese límite y como

se mide en un caso determinado? Es evidente que tal límite no existe, por lo que toda taxativa,
venga de quien venga, es arbitraria y un abuso de autoridad. Alguien ha dicho, y yo concuerdo con
eso, que la buena lectura es la única adicción que las personas pueden y deben cultivar. La
introducción aquí del calificativo de “consumismo” es tan apropiada como la de Poncio Pilatos en
el Credo.


No ignoro que la condena de éste Marx se dirige no al aspecto cuantitativo sino al cualitativo
del consumo de libros. Él no acepta la lectura de obras placenteras ni poco ni mucho porque,
aunque no lo dice expresamente, es claro que las considera inútiles y hasta nocivas para el lector.


Tampoco se atreve a formularlo con palabras, pero su condena es un llamado a echar al basurero
toda la creación literaria de la humanidad, desde la epopeya de Gilgamesh, la más antigua obra
escrita que se conoce, hasta autores recientes como Dan Brown y similares, pasando por la
literatura greco-latina, origen y base de la cultura occidental.
Así pues, al hacer a un lado lo de consumismo, se hace visible la semejanza de criterios entre
Arriaga y Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, el que ordenó a Alemania quemar


las obras de los autores consagrados que no abonaran a la ideología racista y genocida del Tercer
Reich. Que quede claro: no estoy acusando a Arriaga de nazi; digo que coincide con Goebbels en la
idea de que todo régimen nuevo que intente sobreponerse al que existía, necesita destruir, o al
menos prohibir terminantemente, las obras creadas por el genio humano antes del arribo de la
revolución en marcha.

A pesar de las diferencias claras, el objetivo es el mismo: colocar una venda
sobre los ojos al pueblo para conducirlo dócilmente a dónde los poderosos quieran.


Fue el mismo error de Mao Tse-Tung (grafía antigua) quien, a pesar de sus inmensos méritos
revolucionarios, quiso constreñir el pensamiento del pueblo chino a las pocas sentencias sacadas de
su obra y sintetizadas en el famoso “libro rojo” mediante la “revolución cultural”. El error cobró su
sangrienta factura a los epígonos del maoísmo luego de la muerte del Gran Timonel, en septiembre
de 1976. El error estriba en olvidar que el propio Marx subrayó siempre que el triunfo de las ideas
nuevas sobre las viejas no se alcanza mediante el uso de la fuerza y la represión del pensamiento
libre, sino secando la fuente económico-social de donde se alimentan mediante la transformación
revolucionaria de la vida de las masas. Eso es suficiente para que se extingan por sí solas, lo que no
elimina, por supuesto, la necesidad de lucha ideológica. Es el mismo error que comete Arriaga al
querer imponer la ideología de la 4ª T prohibiendo la lectura de los clásicos y sustituyéndola por
cápsulas de un marxismo reduccionista, dogmático y petrificado a través de los libros de texto
gratuitos.

En lugar del pensamiento vivo y original de Marx, Engels y Lenin, pequeñas dosis de ese
batiburrillo confuso y contradictorio que es la “filosofía” de la 4ª T.
Quienes así piensan, desconfían de la penetración y capacidad de convicción de su propia
ideología y de la destreza crítica de los educandos. Y tiene razón en esto último, porque la
capacidad de análisis riguroso no es innata en el individuo, sino producto de su educación. Por eso,


en vez de prohibirle leer libros “placenteros”, hay que enseñarlo a pensar de modo disciplinado,
sistemático y penetrante; hay que dotarlo de una herramienta mental capaz de abrir las entrañas a la
realidad, analizar su contenido y someter sus conclusiones a la prueba de la práctica. Con esto, se le
puede soltar para que navegue solo en el complejo y contradictorio mar del pensamiento humano,
sin peligro de que fracase y se ahogue.

Pero Arriaga comete un error todavía más significativo y determinante mediante el cual deja
claro que no se ha ocupado en serio de estudiar la verdadera naturaleza de la creación artística.

No
sabe que el motor que impulsa al artista a crear no fue nunca, ni es hoy, el de crear belleza, y menos
una belleza superficial para deleite del espectador zafio; que lo que lo mueve es algo más complejo,


profundo y difícil de captar en su obra terminada. Todo verdadero artista está poseído del espíritu
fáustico, es decir, del deseo irrefrenable de inmovilizar el instante, de eternizarlo, de anular su
carácter efímero y fugaz. Por eso intenta crear algo capaz de superar la acción del tiempo, es decir,


capaz de abolir el cambio y el movimiento eternos, aunque solo sea en su obra. Todo artista es un
cazador de eternidad.
Así se explica, por ejemplo, que el desarrollo de la pintura siga una línea descendente de lo
concreto a lo abstracto: de la copia simple e ingenua de las cosas a su artización cada vez mayor


para hacerlas menos parecidas al original; de aquí pasa a la prescindencia absoluta de todo modelo
“exterior” y lo sustituye por sus propias sensaciones, emociones y sentimientos, hasta llegar al
intento de plasmar solo conceptos, y conceptos de lo abstracto, no de lo material-concreto.

Con
razón o sin ella, el artista cree que cuanto más alejada se halle su obra de la realidad concreta, más
cerca se hallará de su meta de alcanzar la eternidad.

El camino para avanzar en esta dirección es ir de lo singular a lo general, a lo universal, hacia la
abstracción cada vez mayor. La obra de arte puede definirse como la búsqueda de lo universal a
partir de lo singular-concreto. A pesar de esto, todo artista refleja en su obra la concepción
filosófica, social y política del lugar y la época que le tocó vivir, e incluso de la clase social a la que
pertenece, aunque él crea y sostenga lo contrario. Toda obra de arte es tendenciosa, toma partido,


aunque no de un modo directo y panfletario, por una determinada concepción del mundo y de la
vida social. Por eso quien la contemple o la lea, si no esta pertrechado con un método de análisis
afilado y con un criterio firme de verdad, corre el riesgo de ser confundido y atrapado por el artista,
como teme Arriaga.


Pero el verdadero creador, si quiere acercarse a lo eterno, debe ser siempre riguroso y veraz en
lo que hace o dice. Por ello su creación resulta muchas veces lo contrario de lo que se propone; un
“reaccionario” termina creando una obra revolucionaria contra su voluntad, porque refleja la
realidad de manera más precisa, vívida y revolucionadora de conciencias que los áridos esquemas
de los tratados de sociología y economía. Ejemplos clásicos son el Quijote de Cervantes; “Las
Almas Muertas” de Gógol, un místico que murió siendo monje, que denunció la feroz explotación


del “mujik”, que continuaba incluso después de su muerte; o “Resurrección”, de Tolstoi, noble
terrateniente y místico también, que trazó un cuadro insuperable de la miseria y la explotación del
campesino ruso, con el cual contribuyó a la maduración de la Revolución de Octubre.


Estas novelas, y muchas más que no menciono por razones obvias, caen en la categoría de
lecturas de puro “placer” según Arriaga. Pero se equivoca como acabamos de ver. No hay obras
“revolucionarias” y “reaccionarias” por sí mismas, útiles o perjudiciales para educar al individuo;


solo hay obras malas, vulgares y zafias y obras geniales que educan, y mucho, a cualquiera que las
conozca. Obras que representan una manera distinta, a veces insuperable, de conocer la realidad,
siempre y cuando se esté bien preparado y mejor entrenado para aprovecharlas. En caso contrario,


pueden resultar dañinas y tóxicas, pero no por culpa del autor o de la obra, sino de quien se mete a
cohetero sin saber manejar la pólvora.

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